Mac, el hombre de los afiches de oro
Jorge-Mauro de Pedro - culturaca.com

Hubo un españolito –de los atribulados, de esos que nunca acaban de creérselo- que vivió la efervescencia del Hollywood dorado desde las butacas reservadas a los privilegiados, en primerísima línea… y en sus propias carnes. Respondía al nombre de Macario Gómez Quibus y ejercía el noble -y olvidado- arte del cartelismo cinematográfico.

De no haber llamado la atención de algún representante de las distribuidoras norteamericanas en el país posiblemente hubiese tenido una carrera gris integrado en el staff de MCP, el estudio donde bregó a principios de los 50. Sin excesivo beneficio –tampoco lo logró en su periplo de tres décadas como independiente-, pero sobretodo… sin firma. Cuenta la leyenda que su mujer aprovechó que la subsede de uno estos emporios se mudó a su edificio para hacer una visita a sus oficinas, curiosear entre los anuncios que decoraban las paredes y soltarles finalmente un inquietante “oiga usted, mi marido esto lo hace mucho mejor” (1). Y vaya si era verdad.

Los carteles de Mac hicieron fortuna en medio mundo, cubriendo esquinas emblemáticas y fachadas de aquellos cines donde cabían más de un millar de personas (¿queda ya alguno en esta ciudad?). Trabajó para todas las grandes, que se disputaban sus pinceles en atribulada competencia: MGM, Paramount, Universal, United Artists, Fox…

Sus trabajos se adaptaban a los requerimientos del cliente; los había más funcionales que otros, casi sobreexplicativos (alguna de las escenas cumbres del filme de marras inmortalizado mediando el plano más contrapicado y dramático posible, las actrices protagonistas posando en fermoso rondó, Charlton Heston aferrado a las tablas de la ley). Pero también parió magníficas síntesis de todo un concepto, de toda una trama.

Pepe Isbert maletín en ristre, a la vuelta de otra anodina jornada laboral. Solo que la suya no es una dedicación cualquiera y así lo insinúa una sombra alargada sobre la que se sobreimpresiona el título: El verdugo, en juguetonas letras de diversos colores. O Lee Van Cleef agachándose para hacerse con el reloj de Gian Maria Volonté en La muerte tenía un precio, todo bajo un sol almeriense de justicia.

Mac le daba al público lo que quería. Pistolones en primer plano, Michael Caine esgrimiendo una escopeta recortada, Gregory Peck compartiendo plano con un revólver descomunal en Cielo amarillo, Sarita Montiel reclinada hacia atrás en uno de sus posados habituales (mitad desafío, mitad sumisión). Hermosos retratos de los apolíneos protagonistas, mujeres de piernas interminables, escotes que no pasaron desapercibidos a la lúbrica censura. Las soluciones acababan siendo de compromiso, con el factor tiempo jugando siempre en su contra. La voluptuosidad de la actriz francesa del momento quedaba minimizada prescindiendo del busto, decapitándola y quedándose únicamente con la sugerente mirada. Patton no podía ser tiroteado por un militar –como en realidad sucedió- así que tenía que ser finalmente un civil más propio de la Belle Époque el que lo encañonase desde otra de sus perspectivas imposibles. Soluciones imaginativas en tiempos de silencio.

Los privilegios de Mac serían la envidia de cualquier cinéfilo. Si tocaba estreno de relumbrón, él era de los primeros en verla. Seleccionaba los fotogramas que entendía de mayor cualidad pictórica y terminaba por regalarles a los responsables del filme una imagen de indudable fuerza y capacidad icónica. Actores y directores del star system se interesaron por sus creaciones y hasta George Lucas le pidió esbozos para La guerra de las galaxias tras quedar encantado con su cartel para American Graffiti.

No hubo género que no abordase. Al esplendor de finales de los cincuenta le siguió la crisis, el renacimiento, la catarsis y el videoclub de los horrores. Sus dibujos ilustran la crónica sentimental de los ochenta para los yonquis del VHS –devolver rebobinada, por favor-. Subproductos, erotismo soft (La madre superiora del placer, Jaimito el tocón y la profe cañón o Bacanal en el aniversario de boda son mis títulos favoritos), aventuras de presupuesto mínimo… el hombre que ilustrase las correrías de los doce del patíbulo y los siete magníficos, los amoríos con superproducción de por medio del doctor Zhivago o el encuentro al atardecer de Lancaster y Douglas en O.K. Corral acabó ilustrando las correrías de chinos vengativos (El real Bruce Lee, Golpe mortal, La furia de Chicago), aventuras exóticas y ‘richardchamberlainescas’ (El defensor de las ballenas, El planeta de los buitres, El rey del mundo submarino, La muchacha del Nilo), clónicas películas de catástrofes setenteras (Aeropuerto en llamas, Montaña rusa, Terremoto, Pánico en el estadio) y spaguettis westerns decadentes (¡¡Dispara, Billy, dispara!!, John el bastardo, La muerte llega arrastrándose, Uno, dos, tres… dispara otra vez).

Mac lo cuenta todo sin adornarse, siendo él mismo el primer sorprendido por su suerte. Sus decisiones eran brillantes y abundaron las ideas felices. Pero no se engaña sobre la naturaleza de su trabajo: el encargo muchas veces era de un día para otro, dirigido y sin excesivo espacio para florituras. Se trataba de vender un producto, de engatusar al espectador potencial con una síntesis radical pero al gusto de la época. La concisión y la rapidez en la ejecución no lo confinan a la condición de esforzado artesano, por mucho que existan muchos trabajos que se adivinan hechos con el piloto automático puesto, dioramas de estrellas dispuestas en torno a un suceso tremebundo. No, Mac aplicaba los colores con genuina maestría y sus atrevidas composiciones (con encuadres que hubiesen hecho las delicias de Edgar Degas) lograron algo inimaginable: que una imagen valiese a veces más, mucho más, que la propia película.

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